jueves, 1 de enero de 2026

1 de enero de 2026


No son fechas fáciles, me refiero a las "navidades". Ha empezado 2026 y estreno las entradas de este año el primer día. Prefiero escribir aquí, porque los que me leéis desde hace un tiempo (más de dos años), sabéis que desde que mi padre murió, ha sido muy frecuente que lo nombrara en las entradas y/o escribiera sobre el duelo/la muerte aquí. ¿Por qué? Porque a mí me servía, no quiere decir que a otras personas en una situación de duelo, les venga bien.

Insisto en lo de que el duelo es individual y algo muy personal. Como cada ser humano es único e irrepetible, dos seres humanos no van a reaccionar igual ante la "misma" situación, es imposible, siempre van a existir matices. Entrecomillo misma porque nunca es exactamente la misma, no son exactas, segurísimo. Por ejemplo, dos personas que pierden a su madre, y son hermanas. Cada hermana va a llevar el duelo a su manera, por mucho que fuera la misma madre. O dos personas que han sufrido una pérdida parecida, la muerte de su pareja. No, somos un mundo, un mundo sin igual, sin gemelo idéntico. Da lo mismo si varios han perdido a la misma persona o si dos pierden a alguien (diferentes personas) con el que mantenían el mismo vínculo (madre-hijo, novio-novia, tía-sobrino...). Y a mí, lo de dar en el clavo en momentos de duelo, me parece rozar el milagro. Sirva mi experiencia de ejemplo, que no tiene por qué resultar de ayuda.



Recuerdo que en una entrada escribí un título semejante a este. "Algunas consideraciones respecto al duelo". Tal vez fueran justo esas las palabras exactas. Como no me apetece nada de nada comprobarlo, porque me conozco y fijo que la releo de cabo a rabo, me lanzo a la piscina y escribo lo que quiero, sin más. Y si me repito, son lentejas...Es lo que hay.

Además de lo comentado hasta este punto, había mensajes que llevaba fatal. Fatal me parece hasta una palabra sutil. Y seguramente habré metido la pata con más de uno siendo al contrario, es decir, yo la amiga que pregunta, y el receptor la persona que ha perdido a un ser querido. Lo siento, de corazón. Si ha pasado, no me he parado a pensarlo y probablemente haya sucedido antes del fallecimiento de mi padre. A mí me enervaba los mensajes tipo "anímate". ¿En serio? Me daban ganas de ponerles alguna barbaridad de vuelta. Para mí eran palabras vacías, vacías porque por una parte no me servían de nada, leer un "anímate" no me ayudaba en mi proceso de duelo. Y además cabreantes, me ponía de muy mal talante. Lo mismo con otros mensajes, no dudo que estuvieran escritos con cariño, pero con escasa reflexión. Es sencillísimo dar consejos a otros sobre lo que uno no ha pasado todavía (ni se lo deseo). De mi grupo de amigas/as más cercano y de una edad próxima a la mía, solo un par de personas habían sufrido ya la muerte de su padre. Y se notaba. Otras no lo habían padecido (ni falta que hace y deseo que sus padres vivan muchos años más), pero tal vez su empatía, el conocimiento profundo que demostraron tener sobre mí o su manera de entender el mundo, hicieron que su manera de estar, más que de actuar, sí sirviera de bálsamo y me proporcionara algo de consuelo.

Llegó un día, no recuerdo cuántos había "sobrevivido" desde esa noche del fatídico 1 de septiembre de 2023, en el que me harté. Me harté de responder a la gente con sus mensajes de "¿qué tal estás?" o paparruchadas parecidas. Y claro, dejé de responder. Pues mira, hecha una mierda, como si me hubieran partido en dos, como si me hubieran removido las entrañas, como si me hubieran hecho una herida profunda y me estuviera desangrando, como si me faltara el aire por el nudo continuo que sentía en la garganta, como si mi cuerpo pesara 10 toneladas y no hubiera forma de mover ni un solo dedo, como si no tuviera motivos para levantarme de la cama, salir de casa ni continuar respirando. Así, eso dicho de manera concisa.

Creo recordar que en una de las múltiples entradas con la etiqueta "Papá" en las que hablo de lo que a mí me pide el cuerpo (cabeza y/o corazón), mencionaba también, relacionado con lo del duelo, algo que ahora ya no alcanzo a recordar si me lo dijo alguien, lo escuché/leí o es de mi cosecha. Es como si a mi madre, a mi hermano y a mí nos hubieran lanzado al mar. Los tres estamos en medio de la tormenta, luchando por salir a flote, pero cada uno tiene que salvarse a sí mismo. No es me salvo yo y ya luego ayudo al otro. No, cada cual ha de dar con la forma de no hundirse. Para esto hay que pensar en uno mismo, sí. El duelo tiene una parte "egoísta". Yo tenía que intentar estar bien, no para ayudarlos a ellos, para ayudarme a mí, por estar bien yo. Y eso iba a suceder a una velocidad indeterminada, porque no conocíamos el camino, y cada uno de nosotros iba a hacer o hizo el suyo, y no coincide exactamente con el de ningún otro. ¡Ojo! Podíamos apoyarnos los unos en los otros. Pero no sé hasta qué punto eso era bueno, era un dolor compartido, una tristeza indescriptible por una pérdida irreparable, pero...¿nos iba a allanar el camino que debíamos recorrer? 

¿Cuándo se acaba el duelo? Mi sensación es que nunca, jamás. A día de hoy sigo viviéndolo, porque mi padre ya no está ni estará y eso no tiene vuelta de hoja. Si es verdad que lo vivo de manera distinta a hace un tiempo, pero me ha costado un mundo. 

Ayer, último día del año, fui al cementerio y visité su tumba. A lo mejor no era el mejor día. No sé, ningún día es idóneo para ir al cementerio. Fui serena. Llevaba flores y compré más allí. Hacía un frío importante y, por primera vez de muchas visitas, no me encontré ni un solo gato. Algo que agradecí porque no me hacen una gracia especial ver a los gatos campando a sus anchas sobre las lápidas de los que han muerto. No sé si me quedé mucho o poco, estuve lo que quería estar, suficiente. Prefiero ir sola, también esto es algo muy personal, íntimo (lo que no quita que otros prefieran acudir acompañados). Cuando lo enterraron tuvimos mucha compañía y visto con la perspectiva del tiempo, lo agradezco mucho. Ayer había más personas que, como yo, habían decidido visitar el cementerio el último día del año. No muchas, en total creo que conté unas ocho. Cuando voy observo todo, me llaman la atención algunos mensajes de familiares, estatuas, mausoleos incluso...Ayer me fijé en un banco que hay en uno de los laterales, no recuerdo que lleve mucho tiempo allí. Probablemente lo instalaran tras la reforma más reciente, que lo hace algo menos frío y más naturalizado, con mayor zona verde y mejora de parte del asfaltado de algunas calles. El banco me recordó una serie que vi cuando mi padre ya había fallecido. No os digo el tiempo que había transcurrido porque no lo recuerdo. La serie, al menos por entonces, se llamaba "After life", y la protagoniza Ricky Gervais. En ella se trata mucho el tema del duelo, me ayudó verlo desde fuera, como espectadora. Y sale un banco en el que se producen conversaciones maravillosas, algunas para enmarcar. Es dura, no es para todo el mundo ni en cualquier momento. Lloré una burrada viéndola, y no únicamente por la muerte de mi padre, tenía más razones. Pero me dejó muy buena sensación, y me agradó que hubieran sido capaces de tocar un tema tan duro con dosis de humor. No es fácil.

Con esta entrada no pretendo dar pena ni nada parecido. Son mis vivencias y es mi experiencia. Comparto lo que quiero y de la forma que quiero. Entonces escribí bastante sobre el duelo por mí, segundo por mí, y tercero por mí. Luego ya si eso, en cuarto lugar, dándome cuenta que es un tema tan delicado que no se habla con naturalidad de él, y eso me da rabia. Y quizá, solo quizá, podía serle mínimamente útil a alguien. Y si no, ahí quedan, ahí siguen mis botellas al mar, porque a mí me vino de fábula lanzarlas. Entiendo que los que me lean pueden no comprender que comparta algo tan íntimo. El límite, la barrera de qué es lo que cuento, cómo lo cuento y hasta qué punto profundizo, siempre la coloco yo. Es algo que controlo. Por eso el blog es público, porque sé que alguien que lo lea puede compartir alguna entrada con otra persona. Y no pasa nada. Si me molestara que algo llegara a alguien, tengo miles de cuadernos, no lo pongo aquí, o ni siquiera lo escribo en ningún soporte, según me dé.

Ayer a mediodía hice una visita relámpago a la pastelería. Estuve en Gil, teníamos pendiente soplar unas velas y, aunque no soy supersticiosa, no quería empezar el 2026 sin que se hubieran soplado las velas de todos los cumpleaños de 2025. El caso es que me reconocieron en cuanto entré. Al preguntarme directamente con mi nombre, me preocupé, pensando que se me había pasado su cara y era una antigua alumna. Y se lo dije: "Perdona, porque si te he dado clase de verdad que ahora mismo no me acuerdo de ti." Me extrañó, se me puede pasar el nombre de algún antiguo alumno, pero...¿la cara? Raro, raro, raro. En un tris me refrescó la memoria. Se identificó, era la hermana mayor de un alumno de hace "algunos" años. Sé cuántos, pero no voy a incluir más datos. Me preguntó muy educada qué tal estaba y cómo me iba. Al preguntarle yo, enseguida se echó a llorar. Su padre había fallecido, 54 años, unos meses atrás, después de estar enfermo. Obviamente no pregunté la enfermedad, da igual. Hace nada, en uno de esos vídeos de Instagram, escuché a una persona diciendo que da igual si el que fallece lo ha hecho de repente o tras una larga enfermedad, la pérdida es la pérdida, el duelo es el duelo. Y razón no le falta. Mucha gente sigue recordando que mi padre, al morir repentinamente, no sufrió. Y añaden esa coletilla como si este dato dulcificara o restara un ápice de dolor a su fallecimiento. Dos años y pico después, afirmo que no, a mí eso no me consuela ni un pelo. Sí, mejor sin sufrir. Seguramente cualquiera firmaría por una muerte de esa manera, pero no cambia el hecho: papá ya no está. La conversación con la hermana de mi exalumno fue un pellizco de realidad para el día de Nochevieja, un zarandeo. Uno de esos zarandeos que necesitamos a veces, solo a veces. Espero volver a encontrarme con ella. Y me alegra ver que tiene trabajo y le va bien en la parte laboral, la parte familiar necesita recomponerse. Y una mesa que en su casa tenía cinco patas, ha de dar con el mecanismo para continuar haciendo lo que hacía pero con una pata menos. Y cuesta una barbaridad, quien le quite hierro al asunto es un "espabilao" o un mentiroso compulsivo que prefiere hacerse el fuerte y no compartir sus tristezas, penas, miserias...llamadlo como prefiráis. Al final se trata de vivir, o sobrevivir. No sé, solo sé que hay un punto de inflexión en mi vida tremendo desde que mi padre ya no está. Y ese vacío sigue estando, porque el tiempo amortigua, pero no cura, o yo no he dado con la fórmula. Aunque él no esté sigo queriendo vivir, sigo pensando que en la vida hay personas fantásticas y situaciones maravillosas. Y quiero exprimirla, disfrutarla e intentar seguir con mis ilusiones, mis proyectos de todo tipo, y sintiéndome más yo. Como puse en la entrada anterior, ojalá 2026 sea en el que vea y veáis, la mejor versión de mí misma. 

Esta mañana vi parte del "Concierto de Año Nuevo", celebrado en Viena. Quien la ha dirigido este año,Yannick Nézet-Séguin, posee una alegría especial, un buen rollo que traspasaba la pantalla e invitaba a no cambiar de canal. Destilaba aires de modernidad y cercanía. Y con el buen sabor de boca que me ha dejado el broche del concierto, quiero rematar esta entrada. ¡Ah! Vivid el comienzo de 2026 lo mejor que podáis, cada cual con sus circunstancias. Si os agobian estas fechas, calma, solo nos quedan "Los Reyes" y regreso a la rutina para todos. 



Es muy típico ponerse algún propósito, o muchos, al comenzar el año. Me he puesto varios, vienen de antes de dar la bienvenida a 2026. Y justo al buscar alguna frase para que formara parte de la entrada, he visto esta imagen sobre la salud, y me gustaría que fuera el final de esta entrada. Suerte si vosotros también tenéis algún propósito, no os agobiéis si los plazos difieren un poco de los que queríais, lo importante es llegar al destino deseado. 

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