Para muchos estas fechas son días para el recuerdo de los que ya no viven entre nosotros. De aquellos que fallecieron sin esperarlo o esperándolo, pero jamás queriendo que eso sucediera. Y las visitas a los cementerios, limpiando las lápidas de los que ya no están, colocando flores sobre sus tumbas y otras actuaciones parecidas, siguen todavía bastante arraigadas en nuestro país. Eso convive con disfraces terroríficos, calabazas por doquier, historias de miedo, caramelos y otras cuestiones propias de celebrar Halloween. En un contraste grande, no sé si bueno o malo, pero lo es. Recientemente, en una de mis visitas al cementerio, al salir me a mis ojos les chirrió lo que contemplaban. Había un puesto de chocolate, churros y otras viandas, con luminosos fosforescentes, a escasos metros del cementerio San Carlos. Sí, suelen ponerlo ahí exclusivamente los días previos al 1 de noviembre. Sí, entiendo que no hay cafetería justo allí y hay años en los que, por estas fechas, hace un frío invernal. Aún así, disculpdadme que me choque. Para más inri, al lado del puesto de los churros, una furgoneta, imagino que suya, de "Divertilandia". No sé, me chocó mucho, llamadme rara.
Si tuviera que elegir, me quedo con la Navidad. Y si fuera posible, también con los Carnavales. Pero Halloween llegó para quedarse. Es otro negocio, y lo que es sinónimo de dinero, tiene muchas más opciones de quedarse. Por eso a la vez en las grandes superficies vemos calabazas y gominolas "de miedo" junto a los turrones y polvorones. Me agobia sentir que cada vez todo se adelanta más. Al paso que vamos, en agosto van a poner los dulces típicos navideños y toda la parafernalia de Halloween. Creo que está bien que una y otra tengan sus fechas. No me agrada que todo se mezcle y las celebraciones se apelotonen. Reconozco que he puesto decoración de Halloween en los dos institutos en los que trabajo. Y no me arrepiento. Eso sí, en Navidad haré lo propio, pero a lo grande. Y con colaboración de mi alumnado. De cara a Halloween no he podido, las circunstancias del mes previo casi han sido de película de miedo. Por eso, mis prioridades eran otras.
Sirva esta entrada como homenaje, recuerdo o prefiráis llamarlo, a mi padre. Porque entre mis muertos, desgraciadamente, es la ausencia que más me pesa, con amplia diferencia. Da igual lo que digan, da lo mismo el tiempo que pase, el mío es un duelo permanente. Sí, quizás lo más duro ya lo he vivido, pero mi duelo continúa. No todos los días con la misma intensidad, afortunadamente, pero sigue en mí. El dolor por una ausencia así es inexplicable, incomprensible, a ratos me parecía inasumible. Aunque hay un punto de inflexión, cada cual lo sentirá en un momento distinto, a partir del que sientes que puedes volver a respirar. Como si encontrásemos la energía suficiente para continuar con nuestras vidas sin pasarnos día sí y día también llorando por los rincones. Y eso no significa que lo haya olvidado ni que lo quiera menos. Digamos qu recuperé el aliento e intenté que mi vida continuara de la mejor manera posible. Intento que mi padre siga "vivo" recordándole, y eso lo hago a diario. Sí, papá, a diario pienso en ti. Añoro poder abrazarte, ver cómo desayunabas junto al periódico, o cómo mamá y tú os cogíais de la mano. Cosas cotidianas, nada raro. La normalidad es lo que más se echa de menos. La rutina de cuando en la mesa poníamos cuatro platos para comer y en las cuatro sillas se sentaba uno de nosotros (Mamá, Papá, Míguel y yo). Y ya nada vuelve a ser lo mismo, por mucho empeño que pongamos o fortaleza que tengamos. Las cosas han cambiado, y mucho. Algunas a mejor y otras han empeorado. Solo tengo la capacidad para cambiar lo que está en mis manos, lo que no depende de mí, que vaya por donde tenga que ir. No sé si de La Granja me habré traído alguno de los premios que saldrán en el sorteo de la Lotería de Navidad. Sigue siendo el único en el que participo. Lo que pasa es que el detsino nos ha echado un par de capotes importantes en los ultimos meses, y con eso ya nos ha tocado la lotería. No obstante, por si las moscas, y porque hace unos años justo en La Granja acariciaste el gordo de la Navidad (no te tocó ni un duro por dos números desordenados), visitar los jardines de La Granja en otoño y no traerme algún décimo no lo contemplo. Todavía hoy recuerdo lo mucho que disfrutaste en esa escapada con Míguel Ángel y conmigo. Y como sabes que el otoño era y es mi estación favorita, es una cita obligatoria para mí volver a visitar esos jardines. Reconozco que cuando hay nieve en las montañas tiene un plus de encanto. Y cuando el otoño va más avanzado, también.
Poco más, Papá. No me hace falta 1 de noviembre para recordarte, es uno más de todos los que sigues vivo en mi corazón y en mi cabeza. Y sé que en los de otras personas a las que también querías muchísimo. Y tal vez eso es lo peor del duelo, el cómo gestionar ese amor que ya no te podemos dar. El cómo narices hacer para aprender algo que nunca nos enseñaron, a cómo sobrevivir con una ausencia que pesa tanto. El asimilar que te fuiste y nunca vas a regresar. Tengo la suerte de tener a personas maravillosas a mi lado, que han sido y siguen siendo oídos atentos, consuelo y sostén. Y al cementerio ya sabes que voy con o sin fecha, según me dé y el estado anímico que tenga. Pues eso. Hago lo que puedo. Y no sé si podría más de lo que hago. Solo espero que sonrías al mirarme, desde donde quiera que estés. Me esfuerzo por ser feliz y de verdad intento luchar por hacer realidad mis sueños, espero que puedas verlo. Sigue cuidando de nosotros, porque nos hace falta. Y gracias infinitas, antes, ahora y eternamente. "Los vivos", mientras tanto, tratamos de dar con las herramientas apropiadas para seguir viviendo sin que vuestras ausencias nos paralicen o nos derroten. Y la verdad, es extremadamente difícil. Gracias a los que nos aportaron tanto, porque en parte somos lo que somos por ellos. Gracias, Papá.
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