lunes, 22 de junio de 2026

PELLIZCOS

Hace una semana estaba de funeral. Falleció un vecino de mi edificio de los que llevaba viviendo aquí desde que tengo uso de razón. Además mis primeros 10 o 12 años de vida vivimos puerta con puerta. Tenía dos años menos que mi padre. Mi vecino llevaba ya unos años enfermo, da igual desde cuándo, da igual de qué. Omito los datos que me parece por respeto a su familia. Era muy buena persona, de los que siempre saludan, capaces de arrancarte una sonrisa, y si te preguntaba algo se interesaba por la respuesta. Su hija intervino en la ceremonia, con una entereza que a mí me abrumó. Habló por él y por ella, y su madre y hermano. Sus palabras resonaron en la iglesia, como un arcoíris es capaz de llenar de colores el cielo más gris. He asistido, tristemente a unos cuantos funerales en lo que llevo de vida, a los que habré de añadir unos cuantos más todavía. Y puedo afirmar que este fue uno de los más hermosos, dentro del dolor reinante por la ausencia del que acaba de marcharse. Lloré como un bebé desconsolado. Me pareció un momento muy emotivo. Y me importa un bledo si me repito como las lentejas, no hablamos suficiente de la muerte. Mi impresión es que nos cuesta integrar a la muerte como parte de la vida, lo contemplemos como un final o no. Pero insisto y continuaré haciendo lo propio, porque hay que gritar un ¡hasta aquí! a pleno pulmón. Está en nuestros manos hablar más de lo que nos duele tanto. Hablar más de la pérdida de los más cercanos, los que más nos pellizcan el corazón cuando se van de este mundo. Se trate de familiares o amigos, la muerte necesita su espacio. El duelo necesita su espacio y su tiempo. Y todos, sin excepción, por valientes que nos hagamos, necesitamos ese hombro en el que llorar, el abrazo sin preguntas y la conversación sin palabras. Necesitamos que los que nos quieren "estén" aunque no los llamemos, porque saber que están a veces basta. Siempre que voy a un velatorio y/o funeral, una parte de mí revive los de mi padre. Esas dos eternas noches de velatorio y el entierro que le siguió. Y si son en el Borromeo, mucho más. No puedo evitar mirar rápidamente en la esquela en qué sala se encuentra la persona fallecida y los que lo acompañan, y algo dentro de mí se tranquiliza al ver un número diferente al 9. Es el segundo funeral al que voy allí desde el de mi padre. El primero fue en septiembre del año pasado y casi me salgo del ahogo que sentía. Literalmente, era incapaz de respirar, como si tuviera algo obstruyendo mi garganta y no pudiera pasar el aire por ningún punto. Este fue mucho más llevadero, pese a las lágrimas por el fallecido (fue ver la esquela en mi portal el domingo y subir llorando a casa) y también por rememorar el más doloroso que he vivido. Una amiga me comentó que me costaría estar allí porque el de mi padre, fue en el mismo lugar. Ya le dije que nada tiene que ver estar sentada donde estaba el lunes pasado a ocupar la primera fila junto al féretro. Por una parte soy muy sensible, por otra a veces desconozco de dónde narices saco determinada fortaleza. A mi edad, y sigo sorprendiéndome de mí misma. 

Habiendo empezado así la semana anterior, cualquiera pensaría que ya todo era mejorar, pero no. La semana fue intensa a todos los niveles, laboralmente hablando, y en el plano personal, igual o incluso más. Mucha emoción por todas partes. Algo de rabia y frustración también. Agotamiento mental y físico. Mi "amiga" la ciática tiene ganas de jarana y ha decidido despedir a mi lado el curso. Y un sinfín de cuestiones que prefiero no enumerar.

No todo fueron noticias negativas. De fondo, mucha emoción, muchos lazos compartidos, algunos que he sabido reconocer poco antes de despedir el curso académico, pero agradezco que existan. Y ojalá siga con ellos el 2026-27.

De ahí lo de "pellizcos" del título. Si volviera a nacer, quiero tener la gente con la que puedo contar en mi vida. En los que pienso, de los que primero me acuerdo, a los que escribo, llamo o lo que se tercie cuando me pasa algo bueno, y también con los que puedo abrirme en canal cuando lo necesito. O llorar y sentirme acompañada aunque no me digan ni pío. Pero sentir que mis lágrimas no son ignoradas, que están ahí y brotan por algo. Esas personas son las mismas y no son demasiadas, y mi suerte es saber que cuento con ellas. Ojalá sea lo suficientemente clara, quiero pensar que lo soy, para que ellas sepan que pueden contar conmigo siempre que lo necesiten. 

Y ya. Cuidar a la gente, no siempre es sencillo, pero hace falta. Hago lo que puedo con "los míos".  Buena tarde todos y ánimo con lo que la vida os trae.





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